Trabajo con fotografía analógica como una forma de desacelerar la mirada. Me interesa aquello que en la imagen no es completamente controlable: las variaciones químicas, los errores de revelado, las filtraciones de luz. En lugar de corregirlos, los incorporo como parte esencial del proceso.
Entiendo la fotografía no como un sistema de representación precisa, sino como un espacio donde la imagen se vuelve inestable, abierta, incluso incierta. Las imperfecciones —el grano, las veladuras, los desajustes— funcionan como interrupciones que obligan a mirar de otra manera, fuera de la lógica rápida y transparente de la imagen digital.
Mi trabajo se sitúa en esa tensión entre control y accidente, entre intención y deriva. En ese punto donde la imagen deja de ser un resultado cerrado y se convierte en un proceso visible, atravesado por el tiempo, la materia y el cuerpo.
Frente a la producción masiva de imágenes contemporáneas, busco generar pausas. Imágenes que no se consuman de inmediato, sino que exijan una atención más lenta, más física, más consciente.

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